Las calles eran aún más frías antes de que ella llegara al barrio. La vida casi no tenía sentido. Al menos no lo tenía cada vez que sus compañeros le acosaban en el colegio. Le despreciaban. Le golpeaban. Le hacían sentirse cada día un poco más pequeño. Al salir de clase le esperaba, por separado, el cariño de papá y mamá. A veces ella. A veces él. No parecía muy feliz, pero creo que le pedía poco a la vida, en definitiva. Disfrutaba sentado sobre un viejo columpio y jugando con un cubo de Rubik que nunca conseguía montar. A menudo sus pies permanecían hundidos en la nieve.Cuando apareció ella, sus manos estaban heladas. Y su mirada, perdida. Como de costumbre.La miró, como hubiera mirado a cualquier otra chica de su misma edad, de soslayo, con la timidez propia de un chico de doce años pero multiplicada por cien. Ninguno de ellos dijo su nombre. Eso ocurriría más tarde, cuando de alguna manera se hicieron amigos. Oskar y Eli, así se llamaban. Un chico tímido y una chica misteriosa. Desde entonces la soledad fue cosa de dos. Juntos descubrieron una sensación que algunos se atreverían a llamar amor. Y compartieron hasta el último de sus secretos.
Sólo él sabría abrigar a la chica que nunca tenía frío, mirándole a los ojos una y otra vez, descubriendo en ellos la vida eterna, aceptando que el amor no conoce barreras. Ni siquiera cuando se trata de amor entre un niño y una vampiresa.
