Quedan siete días, dos horas y treinta y dos minutos para bajar el telón. Sí, las ansiadas vacaciones están a la vuelta de la esquina. Y este año no sueño con grandes viajes a lo largo y ancho del mundo. Me conformo con empezar cada día del verano sin hacer uso del despertador. Con desayunar tranquilamente frente a la televisión mientras me entero de cómo está el mundo a través de algún canal todonoticias. Quién sabe si más tarde me apetecerá salir a la calle a comprar el periódico y el pan o si me decantaré por tumbarme en el sofá a deleitarme con la lectura de una buena novela. Tal vez sea el momento preciso para poner en funcionamiento el aire acondicionado, la mejor arma del hogar para sobrevivir a la guerra veraniega. Gran parte de mi tiempo lo ocuparán también ciertos proyectos de estudio que tengo entre manos. Por la tarde, cine en casa o piscina con amigos (se admiten invitaciones). Y de vez en cuando, escapada a la playa, a broncear la piel y remojar el cuerpo en el mar. La cervecita... Que nunca falte al mediodía. Ni por las noches, claro. Y a descansar, sin prisas, sin agobios, sin agendas apretadas, ni voces, ni ruidos, ni tensiones.
En fin, imagino que no es mal plan de verano para ningún mortal. Tal vez, cuando la tranquilidad se apodere de mi alma, el gusanillo viajero que habita en mi interior despierte de repente reclamando un poco de aventura. Será el momento de hacer las maletas para seguir disfrutando del verano de otra manera, siempre junto a Risueña, atentos a los reclamos de garbancit@, descubriendo mundo.
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4.7.08
21.8.07
Volver
Me adentro en la madrugada con la extraña sensación de realidad que me proporciona volver a casa. Aquí estoy de nuevo, sentado frente al ordenador, consumiendo el tiempo en un vaso con hielo. La casa aún huele a abandono, a vacío, a cerrada por vacaciones. La cuenta de correo está saturada, pero no hay ganas de detenerse a eliminar cada uno de los mensajes que atestan ese pequeño espacio propio de la Red. La maleta aún está por deshacer. Hoy ya es mañana, pero mañana no existe. Sevilla es una enorme sartén en la que muero a fuego lento, nada comparable a los lugares que he podido recorrer días atrás. Añoro el rumor del mar, el zumbido de un avión que despega, el bullicio de una ciudad desconocida que acabará por convertirse en un lugar familiar. En esta habitación, las olas no encuentran orilla en la que deshacerse, los aviones no vuelan y ya no quedan rincones por explorar. En esta habitación no puedo hacer otra cosa que recordar o narrar torpemente sobre estas líneas algunos de los momentos vividos muy lejos de aquí. Puedo observar detenidamente una fotografía y confesar que yo también formé parte de esa escena cotidiana. La memoria es un cajón en el que guardo imágenes como ésta. Y no hay nada como volver a casa cuando el regreso va precedido de un viaje inolvidable.
11.7.07
Probablemente
Debe de ser que el calor aprieta o que nunca hay suficiente cerveza cuando la sed se vuelve despiadada.Debe de ser que julio avanza o que las fuerzas se agotan para seguir trabajando.
Debe de ser que ya hay gente de vacaciones o que me muero de ganas de salir corriendo en busca de nuevas aventuras.
Debe de ser que me pongo nostálgico o que me da por mirar fotos que ya no guardo en un álbum, sino en un disco duro.
Debe de ser que el mundo se hace grande cuando me quedo en casa o que la vida se alarga cuando descubro nuevos rincones.
22.10.06
Una azotea en el fin del mundo
El joven escritor continuó caminando hasta descubrir una azotea con vistas al vacío infinito. Fue entonces cuando se detuvo. Tal vez el mundo termine aquí, pensó, y concluyó su camino. Ante sus ojos, la inmensidad de un océano que se confunde con la línea que lo separa del cielo allá en el horizonte. A sus pies, el azote de las olas. Ha merecido la pena caminar hasta aquí, piensa en ese instante, mientras el aire frío acaricia su rostro. Sus pasos se han detenido definitivamente al borde de este precipio incomparable. Cuando era niño pensaba que el mundo no tenía límites, que la tierra era infinita y que ningún hombre sería capaz jamás de alcanzar los límites que, ahora, muchos años después, él ha conocido.Es el momento de regresar, murmura para sí mismo, mientras se agacha para coger una piedra del suelo y lanzarla al agua. Espera unos segundos, un minuto... Pero no logra escuchar el sonido de la piedra cayendo al mar. El rugido de las olas, el viento que se hiela a cada segundo que pasa, el aleteo de las gaviotas... Todo ello forma parte de este paraíso eterno. Ahora lo sabe. Desde esta azotea no pueden contemplarse otros tejados. Tan sólo el infinito.
19.10.06
Caminando
Camino sin descansar porque descanso cuando camino. Sólo al caminar el mundo parece más pequeño. Todo está al alcance de la mano. Lo mejor de todo es recordar -como lo hago ahora- estos días que ya pertenecen al pasado, días en los que he vuelto a caminar acompañado de Ana, mi inseparable compañera de viaje. Nuestras maletas recorrieron durante once días algunos de los rincones más bellos de Polonia e Irlanda. Y en ellas hemos guardado un buen puñado de recuerdos.Sólo ahora, aquí, de nuevo en mi azotea, me siento cansado. Y mientras deshago las maletas me da por recordar alguna canción desconocida que llena de vida la noche de un pub de Cracovia. Mis ojos todavía parecen estar contemplando el dulce color anaranjado del atardecer en un paisaje ahora ya lejano. Quiero seguir caminando a lo largo y ancho del planeta. Sólo así me siento vivo. Quiero perderme entre la multitud que abarrota una taberna en Galway, mientras apuro el último trago de cerveza. Quiero dejarme arrastrar por la corriente del río Dunajec, mientras observo de reojo la frontera eslovaca en la orilla derecha. Quiero contar de nuevo con Dani para hacer de las distancias interminables un delicioso paseo. A él, pero también a Asia, a Ania y a su encantandora familia, quiero darles las gracias. Gracias por caminar a nuestro lado. Gracias por permitirnos meter un trocito de mundo en nuestra maleta.
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