Me adentro en la madrugada con la extraña sensación de realidad que me proporciona volver a casa. Aquí estoy de nuevo, sentado frente al ordenador, consumiendo el tiempo en un vaso con hielo. La casa aún huele a abandono, a vacío, a cerrada por vacaciones. La cuenta de correo está saturada, pero no hay ganas de detenerse a eliminar cada uno de los mensajes que atestan ese pequeño espacio propio de la Red. La maleta aún está por deshacer. Hoy ya es mañana, pero mañana no existe. Sevilla es una enorme sartén en la que muero a fuego lento, nada comparable a los lugares que he podido recorrer días atrás. Añoro el rumor del mar, el zumbido de un avión que despega, el bullicio de una ciudad desconocida que acabará por convertirse en un lugar familiar. En esta habitación, las olas no encuentran orilla en la que deshacerse, los aviones no vuelan y ya no quedan rincones por explorar. En esta habitación no puedo hacer otra cosa que recordar o narrar torpemente sobre estas líneas algunos de los momentos vividos muy lejos de aquí. Puedo observar detenidamente una fotografía y confesar que yo también formé parte de esa escena cotidiana. La memoria es un cajón en el que guardo imágenes como ésta. Y no hay nada como volver a casa cuando el regreso va precedido de un viaje inolvidable.
21.8.07
Volver
Me adentro en la madrugada con la extraña sensación de realidad que me proporciona volver a casa. Aquí estoy de nuevo, sentado frente al ordenador, consumiendo el tiempo en un vaso con hielo. La casa aún huele a abandono, a vacío, a cerrada por vacaciones. La cuenta de correo está saturada, pero no hay ganas de detenerse a eliminar cada uno de los mensajes que atestan ese pequeño espacio propio de la Red. La maleta aún está por deshacer. Hoy ya es mañana, pero mañana no existe. Sevilla es una enorme sartén en la que muero a fuego lento, nada comparable a los lugares que he podido recorrer días atrás. Añoro el rumor del mar, el zumbido de un avión que despega, el bullicio de una ciudad desconocida que acabará por convertirse en un lugar familiar. En esta habitación, las olas no encuentran orilla en la que deshacerse, los aviones no vuelan y ya no quedan rincones por explorar. En esta habitación no puedo hacer otra cosa que recordar o narrar torpemente sobre estas líneas algunos de los momentos vividos muy lejos de aquí. Puedo observar detenidamente una fotografía y confesar que yo también formé parte de esa escena cotidiana. La memoria es un cajón en el que guardo imágenes como ésta. Y no hay nada como volver a casa cuando el regreso va precedido de un viaje inolvidable.
11.7.07
Probablemente
Debe de ser que el calor aprieta o que nunca hay suficiente cerveza cuando la sed se vuelve despiadada.Debe de ser que julio avanza o que las fuerzas se agotan para seguir trabajando.
Debe de ser que ya hay gente de vacaciones o que me muero de ganas de salir corriendo en busca de nuevas aventuras.
Debe de ser que me pongo nostálgico o que me da por mirar fotos que ya no guardo en un álbum, sino en un disco duro.
Debe de ser que el mundo se hace grande cuando me quedo en casa o que la vida se alarga cuando descubro nuevos rincones.
15.6.07
Con los pies en el cielo
Mi vida cambió cuando aprendí a volar. Desde el cielo, todo se ve diferente. Los edificios, las personas y los coches se vuelven más pequeños. Los sueños se hacen más grandes.
Volar es muy parecido a caminar: puedes mirar hacia arriba o puedes mirar hacia abajo, pero siempre es preferible dirigir la mirada hacia adelante. Otro consejo imprescindible: hay que intentar mantener el equilibrio en todo momento. Para ello es aconsejable abrir bien los brazos y no dejarse llevar por la emoción cuando el cuerpo experimente la sensación de ingravidez. A partir de ahí, lo mejor es cantar. No, silbar no. Silbar no es aconsejable. Lo que debes hacer es cantar, simplemente cantar. No importa que desafines. Lo importante es dejarse llevar. Hay que cantar con el corazón, no con el oído. Sólo así podrás desayunar un trozo de nube o acariciar el suelo con las manos sin apoyar los pies. Déjate llevar. Sólo así aprenderás a volar. Sólo así cambiará tu vida.
P.D: Ahora tengo los pies en el cielo y la cabeza en las nubes. Hay quien me critica por ello. Pero no me importa. Volar es una experiencia maravillosa.
Volar es muy parecido a caminar: puedes mirar hacia arriba o puedes mirar hacia abajo, pero siempre es preferible dirigir la mirada hacia adelante. Otro consejo imprescindible: hay que intentar mantener el equilibrio en todo momento. Para ello es aconsejable abrir bien los brazos y no dejarse llevar por la emoción cuando el cuerpo experimente la sensación de ingravidez. A partir de ahí, lo mejor es cantar. No, silbar no. Silbar no es aconsejable. Lo que debes hacer es cantar, simplemente cantar. No importa que desafines. Lo importante es dejarse llevar. Hay que cantar con el corazón, no con el oído. Sólo así podrás desayunar un trozo de nube o acariciar el suelo con las manos sin apoyar los pies. Déjate llevar. Sólo así aprenderás a volar. Sólo así cambiará tu vida.
P.D: Ahora tengo los pies en el cielo y la cabeza en las nubes. Hay quien me critica por ello. Pero no me importa. Volar es una experiencia maravillosa.
5.6.07
Un cuento de hadas
A menudo me gusta creer que todo es mentira y que juegas a esconderte en algún rincón secreto de mi pequeña azotea. Te busco, pero no te encuentro. Mi mirada se pierde en el horizonte tras sortear cientos de tejados. Pero no apareces.Entonces trato de imaginar dónde te has escondido. Y te imagino volando muy cerca del sol. O atravesando océanos infinitos, sumergida entre las aguas, contemplando una inmensa alfombra de coral que cubre el fondo marino. Te imagino descubriendo los lugares que siempre soñaste con descubrir. Te imagino sonriente, disfrutando casi a escondidas de la calada de un cigarro. Te imagino con un libro de cuentos entre las manos, junto a tus niños, aquellos para los que siempre fuiste como una madre. Te imagino caminando por las calles. O compartiendo una cerveza con los amigos. Te imagino sentada en tu sillón de piel, al calor de una estufa, abrigada siempre, como si el invierno nunca se acabara. Te imagino a mi lado, charlando, coleccionando en capítulos los últimos días de mi vida. O prometiéndome que pronto vendrás a Sevilla para olvidar, junto a mí, a ese cruel aliado que es el agobio. Pero todo es una ilusión. Y no apareces.
He intentado ser fuerte, pero he vuelto a derrumbarme al ver tu sonrisa eterna en una foto que dejaste. Procuro olvidarte, pero la memoria siempre vence en la penúltima batalla. A veces suena el teléfono, pero tu voz nunca aparece al otro lado. Y pasan los días.
Hay momentos en que la vida se tiñe de negro y todo parece real. El calendario se detiene en un día como éste. Y entonces desapareces. Para siempre. Pero yo juego a creer que todo es mentira, que la vida es un cuento, mientras me susurras al oído que eres mi hada madrina. Por eso no puedo verte.
Te quiero, Yiya...
Dondequiera que estés.
Dondequiera que estés.
22.5.07
A veces yo
Fijo la vista en el espejo y no veo nada, pero al mirar hacia abajo descubro unos pies grandes que sostienen todo el peso de mi corpachón. El suelo del cuarto del baño es azul, como las fotos que nunca quise que nadie viera. A veces me entretengo fingiendo que vivo en este mundo. Me asomo a la ventana y saludo a la gente que veo pasar por la calle. Por lo general, nadie me responde. Me miran con extrañeza y luego prosiguen su camino. Me da por pensar que todo aquel que me ignora es un incrédulo. Peor aún: un vulgar incrédulo. Después... Cierro la ventana.Otras veces me gusta creer que soy yo el que aparece en el espejo del cuarto de baño. Me afeito o me lavo los dientes mientras apoyo la mano izquierda sobre la pared. Y miro al suelo, que es azul. O miro de reojo al espejo y veo a un tipo extraño que me saluda. Por lo general, nunca le respondo. Me siento extraño al mirarle. Uso un poco de loción para después del afeitado o me enjuago la boca, según el momento. Vuelvo al mirar al espejo y ahí estoy yo. Parece increíble, pero es cierto: soy yo. Aunque eso sólo me ocurre a veces.
17.5.07
Alguien dijo alguna vez
Ya no recuerdo en qué momento de mi vida leer se convirtió en una de mis mayores aficiones. Mi amor por los libros fue en aumento conforme yo iba creciendo. Poco a poco fui convirtiendo la lectura en un lugar para la evasión. En cada página descubría un nuevo mundo. Y ciertos fragmentos de texto pasaban a ser verdaderas lecciones de vida.
Por su belleza, por el mensaje que transmitían, por el momento en que las leí, muchas palabras han cobrado un especial sentido para mí a lo largo de los años. He olvidado también el instante y el impulso que me llevó a coger por primera vez un lápiz y subrayar determinados fragmentos de un libro. Subrayaba ciertas palabras que me habían llamado la atención para que no quedaran en el olvido. Para volver a ellas en cualquier otro momento futuro.
Con el tiempo, acompañé el acto de subrayar doblando la esquina superior de la página en la que aparecía el texto en cuestión. Ese impulso se convirtió en un hábito. Y ese hábito, en una manía. Hoy por hoy, algunas páginas de muchos de mis libros tienen las esquinas dobladas. Son el fruto de una extraña pero reconfortante manía.
Ahora, sentado frente a mi ordenador, como tantas otras veces, me da por pensar en algunos cambios para este blog. Uno de ellos tiene que ver con dar cabida en él a esos fragmentos de libros en los que alguna vez, a lo largo de los años, me he detenido.
Acababa de alcanzar la mayoría de edad, cuando descubrí un libro que cambiaría mi vida. Con la cabeza repleta de sueños insulsos, factibles e inalcanzables, y el corazón luchando por hacerse un hueco en una lucha de corazones leí esto...
Qué es lo que te convierte en una leyenda, que tu nombre sea repetido por mil personas una sola vez o que una sola persona repita tu nombre mil veces.
Por su belleza, por el mensaje que transmitían, por el momento en que las leí, muchas palabras han cobrado un especial sentido para mí a lo largo de los años. He olvidado también el instante y el impulso que me llevó a coger por primera vez un lápiz y subrayar determinados fragmentos de un libro. Subrayaba ciertas palabras que me habían llamado la atención para que no quedaran en el olvido. Para volver a ellas en cualquier otro momento futuro.
Con el tiempo, acompañé el acto de subrayar doblando la esquina superior de la página en la que aparecía el texto en cuestión. Ese impulso se convirtió en un hábito. Y ese hábito, en una manía. Hoy por hoy, algunas páginas de muchos de mis libros tienen las esquinas dobladas. Son el fruto de una extraña pero reconfortante manía.
Ahora, sentado frente a mi ordenador, como tantas otras veces, me da por pensar en algunos cambios para este blog. Uno de ellos tiene que ver con dar cabida en él a esos fragmentos de libros en los que alguna vez, a lo largo de los años, me he detenido.
Acababa de alcanzar la mayoría de edad, cuando descubrí un libro que cambiaría mi vida. Con la cabeza repleta de sueños insulsos, factibles e inalcanzables, y el corazón luchando por hacerse un hueco en una lucha de corazones leí esto...
Qué es lo que te convierte en una leyenda, que tu nombre sea repetido por mil personas una sola vez o que una sola persona repita tu nombre mil veces.
(Héroes, Ray Loriga)
9.5.07
Lo que cabe en mis bolsillos
En los bolsillos guardo fuegos de artificio que haré estallar cuando caiga la noche.Guardo una sonrisa tuya. Y un puñado de arena que robé a tu mirada, mientras buscabas respuestas más allá del horizonte.
Me he detenido un segundo detrás de ti, buscando también respuestas a preguntas que nunca antes me hice.
Ahora miras el agua estancada bajo tus pies, el inicio y el final de un océano que nunca llega a nacer. El cielo parece morir, atravesado por un puñal de luz que desgarra su piel azulada.
Pronto anochecerá. Vaciaré mis bolsillos ante tus ojos. Los fuegos artificiales se mezclarán con las estrellas. La arena se perderá entre mis dedos mientras mis ojos buscan los tuyos. Tal vez entonces me obsequiarás con el mejor de los premios: tu sonrisa. La guardaré en mis bolsillos junto al recuerdo de este atardecer eterno.
16.4.07
Con las velas apagadas
Los años pasan, las velas se apagan, los sueños se cumplen... Pero nosotros seguimos ahí, dispuestos siempre a disfrutar de cada momento, soplando las velas de cada cumpleaños, saboreando un trozo de tarta de arroz con leche, sonriendo con las chorradas de Pablo, jugando con María, discutiendo con Belén y Laia sobre las desventuras de Intervida, volviendo a aprender inglés con Chencho... Escogiendo un momento y un lugar como éste para volver a decirte que te quiero.
14.3.07
Paisajes desde el tren
Está bien eso de que en el tren cada cual pueda escuchar lo que le plazca a través del hilo musical. Tan sólo bastan unos auriculares. Los hay que se decantan por ver la película proyectada en los monitores que cuelgan del techo. Insisto, hay quienes se decantan por ver la película. Y hay quienes, además de verla, también la escuchan con sus auriculares. Todo eso pienso mientras contemplo el paisaje a través de la ventana. Los postes de electricidad se suceden a una velocidad pasmosa. A medida que transcurre menos de un segundo, aparece un nuevo poste, de tal modo que cada diez segundos han hecho acto de presencia catorce postes de electricidad. Son cálculos que ahora realizo mentalmente.
Mientras, en el vagón número seis del tren de alta velocidad que ha salido de Madrid con dirección a Sevilla, cada cual mata el tiempo a su manera. Excepto yo. Yo no concibo matar el tiempo porque adoro los viajes en tren. Y porque detesto matar el tiempo. Aprovecho cada momento de mi viaje, a razón de ochenta y cuatro postes de electricidad por minuto, según cálculos aproximados. Finalmente, el tren llega a su destino. Y han sido miles, tal vez millones, los postes de electricidad que han podido verse a través de la ventana a lo largo del trayecto.
Mientras, en el vagón número seis del tren de alta velocidad que ha salido de Madrid con dirección a Sevilla, cada cual mata el tiempo a su manera. Excepto yo. Yo no concibo matar el tiempo porque adoro los viajes en tren. Y porque detesto matar el tiempo. Aprovecho cada momento de mi viaje, a razón de ochenta y cuatro postes de electricidad por minuto, según cálculos aproximados. Finalmente, el tren llega a su destino. Y han sido miles, tal vez millones, los postes de electricidad que han podido verse a través de la ventana a lo largo del trayecto.
22.2.07
Mirando hacia el cielo
Podría pasar media vida escuchando música. Como hoy. Música mezclada con el murmullo de la lluvia. La luz de la tarde se ha ido apagando a medida que ha dejado de llover. Pero antes de que el sol se haya despedido definitivamente de este día he salido la calle. Y esto ha sido lo que he visto al mirar hacia el cielo.
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